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lunes, 1 de abril de 2019

La Caída del Imperio Americano... de Denys Arcand (The Fall of the American Empire)



Denys Arcand es un director franco-canadiense de largo recorrido con más de una docena de películas en su haber. No se prodiga mucho pero cada una de sus cintas es una diana en el blanco. Y tiene varias. Desde aquella primera denuncia que formuló con 1973 contra la corrupción (Rejeanne Padovani) filmada cuando solamente se podía hablar en voz baja de la corrupción administrativo-mafiosa ante la que las autoridades solamente emprendieron una batalla a principios del milenio, hasta su película más conocida (y oscarizada) Las invasiones bárbaras (2003), pasando por El declive del imperio americano (1986, igualmente oscarizada), cuyo nivel irónico y satírico es seguido por la película estrenada ahora: La caída del imperio americano. Estamos ante un director muy particular que, poco a poco, se ha ido sintiendo cada vez más cómodo manejando el humor o, más bien, la tragicomedia. 

El protagonista de esta cinta es un cerebrito. Doctor en filosofía y letras, intelectual, con una inteligencia y una preparación cultural muy superior a la media y que, sin embargo, trabaja como repartidor en moto. Por pura casualidad, un buen día ve en vivo y en directo el atraco a un banco y cómo los protagonistas abandonan dos bolsas con el botín. El primer dilema que afronta el personaje es qué hacer ante esta situación: ¿hacerse con el dinero o huir? El segundo no será de menor envergadura: si se lo lleva ¿qué hacer con el dinero? Contar más sobre el argumento sería desvelar la trama, así que paramos aquí. 

“Pierre Paul” (Alexandre Landry), pasa la primera escena diciéndole a su futura novia que es "demasiado inteligente" para tener éxito en el mundo. Enuncia algunos puntos positivos sobre cómo los más exitosos del mundo, incluso los autores y los filósofos, tienden a ser "tontos como mulas". Pierre encontrará a alguien con la experiencia para lavar ese dinero, “Sylvain”, un ex estafador que obtuvo un título en finanzas mientras estaba en la cárcel, interpretado por Remy Girard (que ya había protagonizado Las invasiones bárbaras, El declive del imperio americano y otras películas menos conocidas de Arcand). 

Baste decir que dicho argumento no es más que una excusa para presentar a una amplia gama de estereotipos y bordar con esta película una trilogía que integra a las dos películas que hemos citado anteriormente nominadas a los Oscars. 

"La caída del Imperio Americano" surge como una parábola sobre cómo hacer cosas incorrectas por las razones correctas en un mundo tan corrupto. La galería de estereotipos que pueblan la modernidad constituye, al final, una película adorable cuya sátira social, además de entretenernos nos induce a la reflexión. La amistad, nos dice, sigue siendo el valor que justifica la existencia en un mundo tan estúpido como el que nos ha tocado vivir. No es una película ecléctica: al final el espectador percibe que el corazón de Pierre Paul está en el lugar correcto.

El título es deliberadamente engañoso. Arcand opina, ciertamente, que los EEUU están en crisis, pero la película no es una evaluación mordaz de la presidencia de Donald Trump. De hecho, no tiene casi nada que ver con Estados Unidos, a menos que uno quiera percibir su aspecto alegórico. Una de las interpretaciones posible sería afirmar que el héroe filosófico y dubitativo representa a Canadá, mientras que los Estados Unidos están representados por los atracadores cuyo dinero encuentra el protagonista.

En cierto sentido es un simple cuento de hadas en el que un buen tipo no solo intenta un crimen perfecto (llevarse el dinero, al descuido, que otros han robado) sino que se mantiene en los hilos argumentales que van apareciendo, al ganar el corazón de una prostituta que hasta ese momento sólo se había movido en busca del dólar americano (Ezra Pound decía que el norteamericano aborrece el dólar individual de la misma forma que el faraón egipcio aborrecía al esclavo individual. 

El nuevo trabajo de Arcand es una muestra de su independencia creativa y está centrado en preocupaciones contemporáneas como la creciente brecha entre los ricos y pobres (específicamente en Montreal, pero que es extrapolable -y con muchas más razones- en cualquier otra latitud). Arcand denuncia los métodos empleados por los ricos para esconder sus posesiones en un laberinto de paraísos fiscales e intercambios comerciales con el extranjero. El agotamiento de las redes de seguridad social, la corrupción y la incompetencia de la policía y de los líderes políticos y otros defensores del statu quo, son sus preocupaciones. Arcand las denuncia con el mismo vigor que hizo en aquella primera película filmada en 1973 (Rejeanne Padovani), pero con 46 años más de experiencia.

Película para quienes tengan una percepción de los problemas sociales que afectan a la modernidad y quieren confirmarse en su diagnóstico de los males que afectan a las sociedades modernas (no busquen en esta película tratamiento a esos males, solo diagnóstico). Algunos han dicho que es una película “socialista”. No lo es: es una película “social” (que es muy diferente). Antipolítica, si se nos apura. Denys Arcand pertenece a la misma saga familiar que Ardrien Arcand, fundador del fascismo canadiense en los años 30.

domingo, 10 de junio de 2018

Salyut-7... de Klim Shipenko



Hasta ahora los “héroes del espacio” eran los astronautas de la NASA, incluso los jubilados (véase Cowboys del espacio, 2000). Desde la fundación de la NASA, esta agencia entendió que su primer gran objetivo no era llegar a la Luna, sino ofrecer al contribuyente un espectáculo lo suficientemente atractivo como para que no tuviera inconveniente en pagar la fiesta. En la URSS ni siquiera hizo falta porque el presupuesto de investigación espacial estaba incluido en el capítulo de defensa y éste fue, hasta la perestroika, secreto. Hoy, los rusos quieren ofrecer al mundo el mismo espectáculo y lo hacen sin tanta épica como sus competidores. La película Salyut-7 podría ser tanto un elogio a la rusticidad y a la fontanería como a los cosmonautas de la Unión Soviética.

La película nos narra la recuperación de la estación espacial Salyut-7, que efectivamente se produjo en 1985 gracias a la acción de dos cosmonautas soviéticos. Un accidente, cuando la estación estaba desierta, hizo que empezara a girar loca y descontroladamente. Para rescatarla y ponerla de nuevo en órbita normal era preciso abordar la nave, pero, a la vista de lo aleatorio de sus oscilaciones era prácticamente imposible que una cápsula espacial pudiera acoplarse a ella. Así que las autoridades del programa espacial soviético recurrieron a dos astronautas lo suficientemente hábiles como para pensar que la misión no sería un desastre y lo suficiente heroicos para atreverse a algo que, técnicamente era, sino imposible, sí al menos, difícil en grado sumo.

Después de ímprobos esfuerzos, cuando lograron acoplarse e introducirse en la estación espacial, el interior estaba congelado al haberse desactivado los paneles solares que le aportaban energía. Peor fue cuando lograron descongelarla y se produjo un cortocircuito en la cápsula que les había llegado allí, impidiéndoles el regreso. Los norteamericanos echaron un capote y al final fueron rescatados. La película nos cuenta la historia de este rescate y empieza con la anterior misión de uno de los astronautas que quedó extasiado al ver una luz blanca y cegadora en el espacio.  Dado de baja del servicio solamente fue requerido cuando lo que ocurrió, se precisó el concurso de alguien experimentado.

Bien, si este es el contenido, la película, vale la pena valorar el conjunto desde el punto de vista cinematográfico. A todas luces se trata de una película fascinante y emocionante, con buen pulso narrativo, interés y emoción. En su casi hora y medio de metraje, la acción es extremadamente realista y se reconstruye a la perfección lo que era la vida en aquella especie de barraca orbital. El espectador entiende pronto que las cosas en el espacio siempre pueden ir a peor. 

Se trata de la producción más cara de la cinematografía rusa moderna. Lo esencial del presupuesto se lo han comido los efectos especiales y damos fe de que son tan buenos como los utilizados por Hollywood. Es más, la habilidad de esta cinta consiste en emplearlos con mesura. Nada de excesos a lo Gravity (2013) que terminan convirtiendo a la producción en un mero efecto de una serie de explosiones por ordenador, sin más interés. 

La alusión al gremio de la fontanería viene a cuento de que, finalmente, los astronautas logran solventar un problema técnico en el exterior de la nave, a golpes de martillo, como en las herrerías medievales. La aventura especial soviética fue mucho más tosca que la norteamericana que, en el fondo, era puro show. En esta cinta, este aspecto se nota perfectamente en las escenas que ocurren en la central de control en tierra. 

Se dirá que, en las películas de astronautas norteamericanas, lo esencial son las personalidades de los astronautas (el espectáculo necesita héroes con nombres y apellidos), pero en la antigua URSS y en la Rusia de siempre, el ciudadano siempre se ha subordinado al Estado, de ahí que la misión de los astronautas es más importante que sus personas, algo que esta película refleja perfectamente. Sin embargo, los dos protagonistas de la película tienen los rasgos justos para entender su idiosincrasia. Protagonizada por Vladimir Vdovichenkov (Leviathan, 2014”) que interpreta al piloto Fedorov y Pavel Derevyanko en el papel del ingeniero Alekhin, servirán como un binomio que se contrarresta. Cada personaje tiene una vida y personalidad bien diferenciadas. Fedorov ya ha estado en misiones anteriormente y ha sido cesado de su puesto tras sufrir una visión en su última misión. Por otro lado, Alekhin ha diseñado la estación espacial pero nunca ha tenido la oportunidad de ver viajar al espacio.

Una buena película que transcurre en los últimos años de la Guerra Fría, cuando la URSS ha está en la recta final que llevará a su desmantelamiento. Gustará a los interesados por la cosmonáutica y la carrera espacial vista desde el lado soviético. También a los que aspiran a completar sus conocimientos sobre el cine ruso y sus derivas actuales. Si han seguido películas del género de Apolo XIII (1981), Space Cowboys (2000), Alunizaje: el vuelo del Apolo XI (2009), etc, ahora les toca ver episodios simétricos de la “otra acera”. Y, desde luego, ésta es una muy buena película sobre este tema. 


Klim Shipenko director de Salyut-7 de 34 años, ganó el premio a la mejor película de 2017 en la ceremonia de los Golden Eagles que se celebró en el cine moscovita Mosfilm.

viernes, 9 de marzo de 2018

Gringo: se busca vivo ó muerto... de Nash Edgerton



On March 9, 2018, Gringo will train: he is wanted alive or dead (Title in Spain). The film, hooked with the fashion that runs through Hollywood to dedicate movies to the thorny issue of drug trafficking in Mexico. The film introduces us to an American businessman who is involved in drug trafficking issues. These are the risks of managing a pharmaceutical company and having relocated the laboratories to Mexico. From the moment in which the protagonist crosses the border of the Rio Grande and goes into Mexico, all his problem will be to remain the person that has been until then, respectful of the law, or to broaden and adapt to the circumstances, that is to say, to try, as it is to survive, mocking -of course- the law.

The film is made in the form of a black comedy, with thriller borders and on the background of drug trafficking. The fact that consummate and front-line actors have participated guarantees entertainment. It is a pleasant and easy to see movie, in which laughter emerges very often. If not for the dramatic background of the plot, it could be considered a simple comedy of entanglement, the closest thing to a vaudeville with doors that open and close. The alternation in the personal vicissitudes of the protagonist, who as soon as he is kidnapped, as he manages to free himself, to be followed again captured and elude his captors soon after, is one of the comic elements that more general game.

The film, in addition to an agile script, is supported by the interpretations of the actors' picture: Charlize Theron is, surely, the most popular and most caked face that appears in this film, but it seems that the film is not going with her and that is there, simply for food issues. His voice appears as so aggressive, cynical and ironic that, of course, it is the character that is most out of focus. However, the rest of the actors (David Oyelewo, Joel Edgerton, Yul Vázquez - whom we have recently seen in Last Frag Flaying-, Amanda Seyfriend, Thandie Newton, etc., make an effort and get the film to run along particularly pleasant channels. By the way also appears Paris Jackson, the daughter of Michael Jackson.

Its director, the Australian Nash Edgerton, who has a discreet filmography as a director and a much wider experience as an actor, has directed the recording of two dozen music videos and eight films released in Spain. Nash is brother of Joel Edgerton that reached an extraordinary popularity in the remake of the great Gatsby (2013). Nash Edgerton has until recently been a good example of the quality of Australian indi-cinema. Square (2008) has been his best film so far, although in a completely different register to Gringo. In this film, Joel takes on an interesting role directed by his brother.


It is a popcorn film, without major complications, distributed by Amazon Studios and produced by STX Entertainment. The promoters have placed great hopes in this film that they plan to launch worldwide on the same day. In our opinion, it is a light film, which can be seen and enjoyed on the condition that we do not expect to see anything exceptional and that it would have been one of those films that are projected summers in open air cinemas. It is not unforgettable, but if it fulfills what has been proposed from the beginning: cover our leisure time and do it in a dignified manner. Leave a good memory that dissipates in successive days.


El 9 De marzo de 2018 se entrenará Gringo: se busca vivo o muerto. La película, engancha con la moda que recorre Hollywood de dedicar películas al espinoso tema del narcotráfico en México. La película nos presenta a un empresario norteamericano que se ve envuelto en temas de narcotráfico. Son los riesgos de gestionar una empresa farmacéutica y haber deslocalizado los laboratorios a México. A partir del momento en el que el protagonista cruza la frontera del Río Grande y se adentra en México, todo su problema consistirá en seguir siendo la persona que ha sido hasta ese momento, respetuoso con la ley, o bien espabilar y adaptarse a las circunstancias, esto es, tratar, como sea de sobrevivir, burlando –por supuesto- a la ley.

La película, está elaborada en forma de comedia negra, con ribetes de thriller y sobre el trasfondo del narcotráfico. El hecho de que hayan participado actores consumados y de primera fila, garantiza el entretenimiento. Se trata, de una película agradable y fácil de ver, en la que la risa aflora con mucha frecuencia. De no ser por el trasfondo dramático de la trama, podría ser considerada como una simple comedia de enredo, lo más parecido a un vodevil con puertas que se abren y se cierran. La alternancia en las vicisitudes personales del protagonista, que tan pronto está secuestrado, como logra liberarse, para ser acto seguido nuevamente capturado y eludir a sus captores poco después, es uno de los elementos cómicos que más juego general.

La película, además de sobre un guión ágil, se sostiene por las interpretaciones del cuadro de actores: Charlize Theron es, seguramente, el rostro más popular y con más caché que aparece en esta película, pero da la sensación de que la película no va con ella y que está ahí, simplemente por cuestiones alimentarias. Su voz aparece como tan agresiva, cínica e irónica que, desde luego, es el personaje que está más desenfocado. Sin embargo, el resto de actores (David Oyelewo, Joel Edgerton, Yul Vázquez –a quién recientemente hemos visto en Last Frag Flaying-, Amanda Seyfriend, Thandie Newton, etc, se esfuerzas y consiguen que la película discurra por unos cauces particularmente agradables. Por cierto también aparece París Jackson, la hija de Michael Jackson. 

Su director, el australiano Nash Edgerton, que dispone de una discreta filmografía como realizador y una mucho más amplia experiencia como actor, ha dirigido la grabación de dos decenas de vídeos musicales y de ocho películas estrenadas en España. Nash es hermano de Joel Edgerton que alcanzó una popularidad extraordinaria en el remake de El gran Gatsby (2013). Nash Edgerton ha sido hasta hace poco una buena muestra de la calidad del cine indi australiano. Square (2008) ha sido hasta ahora su mejor película si bien en un registro completamente diferentes a Gringo. En esta película, Joel asume un interesante papel dirigido por su hermano.

Se trata de una película palomitera, sin grandes complicaciones, distribuida por Amazon Studios y producida por STX Entertainment. Los promotores han puesto grandes esperanzas en esta cinta que prevén lanzar mundialmente el mismo día. En nuestra opinión, se trata de un película ligera, que puede verse y disfrutarse a condición de que no esperemos ver nada excepcional y que, hubiera sido una de esas películas que se proyectan los veranos en cines al aire libre. No es inolvidable, pero si cumple lo que se ha propuesto desde el principio: cubrir nuestro tiempo de ocio y hacerlo de manera digna. Deja un buen recuerdo que se disipa en días sucesivos.




lunes, 12 de febrero de 2018

The Death of Stalin, la repesca de la Guerra Fría… de Armando Iannucci



It seems strange that sixty years after his death, the figure of Stalin - or his corpse - still attract. This one has the attraction of opening us to an unprecedented moment in the western filmography: everything that happened immediately after the death of Stalin, between the fact that the corpse was still hot and that it was being resolved inside the Kremlin who would be its successor. And there were several possibilities. In this film, Armando Iannucci, once again shows his qualities for political satire.

There have been several films that have dealt with the figure of Stalin. We have even seen Robert Duvall, in 1992, transvestite of an incredible Stalin, or television series such as Apocalypse Stalin who have tried to trace with documentary format the trajectory of what was proven official of the Communist Party, leader of his people in the "Great patriotic war" and, finally, a dictator predisposed to paranoia in his last ten years of life. Among other things, Stalin had a certain phobia - as shown in this tape - to the doctors, especially to the Jewish doctors he had sent to the GULAG. He even feared being killed by them. So at the time of his death, he did not enjoy precisely an enviable physical state. In addition, for almost forty years he had drunk a bottle of vodka a day. His name "Stalin", in Russian, means "steel". But his liver, of course, was not. Even 75 years seem like a lot to those who for thirty years had led the Soviet Union with a firm hand.

The problem was that Stalin lacked critical voices in his environment. All those around him since the early 1930s were simply mediocre people who lived under his splinter and who aspired to succeed him. Some were downright ridiculous - Lavrenti Beria, played in The Death of Stalin by Simon Russell - but no less bloodthirsty, others were mere gray bureaucrats without relevance as Georgy Malenkov (played by Jeffrey Tambor), eternal protected by Stalin (case of Vycheslav Molotov, role assumed in the film by Michael Palin), energetic but coarse military like Kikita Sergievicht Krushchev (Steve Buscemi) or energetic and ultra-pluri-decorated as Georgy Zhukov (Jason Isaacs). Yes, while Stalin lived all lived in apparent harmony eating the crusts that he threw from his table, to miss the "little father", that became a real vaudeville of elbow blows, low blows, initiatives of one or the other, that finally , it was resolved in a first time in favor of the gray Malenkov and, after its transition stage, in favor of Krushchev. This film tells us all the particulars of the days in which Stalin died, and how were his state funerals.

The film liked the criticism and was criticized by Russia as the "provocation" tacho. Its premiere has been, of course, inconvenient because it precedes in a few weeks the presidential elections of March 18 in which Vladimir Putin will seek re-election. Far are the times in which Stalin was considered a "bloodthirsty dictator" (from the time of "de-Stalinization" operated precisely by Krushchev). Its image tends to improve, while, in parallel, in the West, its opponents during the Cold War (Roosevelt and especially Churchill) are resized to the figure of villains. The truth is that the film has been banned in Soviet territory and not as censorship, but for being partial and mocking the Soviet past of the country. Or, at least, that is what the minister of culture of that country has declared.

Certainly, the film has a few historical elements (the fact that at the funeral of Stalin died an unknown number of people, although in the film it is considered that these deaths were due to the power struggles of the different exponents of the Bolshevik leadership , when in reality, they were the product of popular hysteria for the disappearance of the "little father" and the feeling of helplessness in the face of the danger of a nuclear war.

So, it is true that, as far as the historical fidelity of the tape is concerned, it is minimal. The director himself has had to recognize that the dialogues are invented and that his dimension of comedy has been prioritized, much more than the historical rigor. This is not new in the career of Armando Iannucci who already showed his talents to take advantage of certain historical conjunctures to divert them and turn them into comedies. So he did in In the Loop, tried again with worse fortune in the TV series Veep and now has tried again, without having completely accompanied by luck.

First, the characterizations are almost ridiculous. They have absolutely nothing to see, not even remotely with the physical characteristics of the characters. Buscemi, despite his qualities, can not forget Bob Hoskins' interpretation of the same character, Nikita Krushchev, in Enemy on the Doors (2001). Perhaps the one who is more in his role Jeffrey Tambor in his role as Malenkov, perhaps because it appears little in the plot. It is also easy to recognize Rupert Friend (Homeland), as Stalin's son.

If what was involved in this film was to make people laugh, the chosen theme, a death, the incidents that took place at funerals and the struggle for power, the theme is too sinister and sordid to be the most appropriate (perhaps it would have been more interesting to focus on the episode in which Khrushchev hit the table of the United Nations with his shoe, or on the bottles of vodka that Stalin gave to Churchill (a fashionable character in the process of film demystification in recent years) at the beginning the Yalta Conference that decided the destiny of Europe and that had a British premier practically out of play in the meetings (the other interlocutor was Roosevelt, an old man who had only a few weeks to live and did not know much about it). But the death of Stalin, especially the pain that caused the death (by stampede) of a high number of people (perhaps several hundred), does not seem the best place of reference for a comedy.

In addition, the film is inopportune: it appears at a time when it seems that the Cold War that overshadowed Europe between 1948 and 1989, returns again to plan, especially in the wake of the disagreements between Russia and the US in the Middle East. Now, when it comes to establishing links and bridges, especially between Europe and Russia, now, precisely, this European production appears that tends to the opposite.

The movie has varying moments and qualities. The picture of actors is, of course, unsurpassed, although none of them has the slightest resemblance to the characters they embody. The dialogues are caustic, with some turns that, effectively, manage to take us to the smile. The worst of the movie? The trap he poses to us: it's not history, it's cinema. That is, fiction. The historical base is reduced - it is worth not forgetting - to the minimum expression.


Parece raro que a sesenta años de su muerte, la figura de Stalin –o su cadáver- atraigan todavía. Ésta, tiene el atractivo de abrirnos a un momento inédito en la filmografía occidental: todo lo que ocurrió inmediatamente después del fallecimiento de Stalin, entre que el cadáver estaba aún caliente y que se dirimía intramuros del Kremlin quién sería su sucesor. Y habían varias posibilidades. En esta cinta, Armando Iannucci, vuelve a mostrar de nuevo sus cualidades para la sátira política.

Han sido varias películas las que han tratado la figura de Stalin. Hemos llegado a ver incluso a Robert Duvall, en 1992, travestido de un increíble Stalin, o series de televisión como Apocalipsis Stalin que han intentado trazar con formato de documental la trayectoria del que fuera probo funcionario del Partido Comunista, líder de su pueblo en la “gran guerra patriótica” y, finalmente, dictador predispuesto a la paranoia en sus últimos diez años de vida. Entre otras cosas, Stalin, tenía cierta fobia –tal como se muestra en esta cinta- a los médicos, especialmente a los facultativos judíos que había enviado al GULAG. Temió incluso ser asesinado por ellos. Así que en el momento de su muerte, no gozaba precisamente de un estado físico envidiable. Además, durante casi cuarenta años había bebido una botella de vodka al día. Su nombre “Stalin”, en ruso, significa “acero”. Pero su hígado, desde luego, no lo era. Incluso 75 años parecen muchos para quien durante treinta años había dirigido con mano firme a la Unión Soviética.

El problema fue que, Stalin carecía en su entorno de voces críticas. Todos los que le rodeaban desde principios de los años 30, eran simplemente personajes mediocres que vivían bajo su férula y que aspiraban a sucederle. Algunos eran francamente ridículos –Lavrenti Beria, interpretado en The Death of Stalin por Simon Russell- pero no por ello menos sanguinarios, otros eran meros burócratas grises sin relevancia alguna como Georgy Malenkov (interpretado por Jeffrey Tambor), eternos protegidos por Stalin (caso de Vycheslav Molotov, papel asumido en la película por Michael Palin), enérgicos pero toscos militares como Kikita Sergievicht Krushchev (Steve Buscemi) o enérgicos y ultrapluricondecorados como Georgy Zhukov (Jason Isaacs). Si, mientras vivió Stalin todos vivían en aparente armonía comiendo los mendrugos que les arrojaba desde su mesa, al faltar el “padrecito”, aquello se convirtió en un verdadero vodevil de codazos, golpes bajos, iniciativas ventajistas de unos o de otros, que finalmente, se resolvió en un primer tiempo a favor del grisáceo Malenkov y, tras su etapa de transición, a favor de Krushchev. Esta película nos cuenta todos los particulares de los días en los que Stalin falleció, y como fueron sus funerales de Estado.

La película gustó a la crítica y fue denostada por Rusia que la tacho de “provocación”. Su estreno ha sido, desde luego inoportuno porque precede en pocas semanas a las elecciones presidenciales del 18 de marzo en las que Vladimir Putin buscará la reelección. Lejos están los tiempos en los que se consideraba a Stalin como un “dictador sanguinario” (desde la época de la “desestalinización” operada precisamente por Krushchev). Su imagen tiende a mejorar, mientras que, paralelamente, en Occidente, sus opositores durante la Guerra Fría (Roosevelt y especialmente Churchill) se redimensionan a la figura de villanos. Lo cierto es que la película ha sido prohibida en territorio soviético y no como censura, sino por ser parcial y burlarse del pasado soviético del país. O, al menos, eso es lo que ha declarado el ministro de cultura de aquel país.

Ciertamente, la película tiene unos cuantos elementos históricos (el hecho de que en los funerales de Stalin muriera un número indeterminado de gente, aunque en la película se considera que estas muertes se debieron a las luchas de poder de los distintos exponentes de la dirección bolchevique, cuando en realidad, fueron producto de la histeria popular por la desaparición del “padrecito” y la sensación de indefensión ante el peligro de una guerra nuclear.
Así pues, es cierto que, en lo que se refiere a la fidelidad histórica de la cinta, es mínima. El propio director ha tenido que reconocer que los diálogos son inventados y que se ha priorizado su dimensión de comedia, mucho más que el rigor histórico. Esto no es nuevo en la carrera de Armando Iannucci quien ya mostró sus dotes para aprovechar determinadas coyunturas históricas para desviarlas y convertirlas en comedias. Así lo hizo en In the Loop, volvió a intentarlo con peor fortuna en la serie de TV Veep y ahora ha vuelto a intentarlo, sin que le haya acompañado completamente la suerte.

En primer lugar, las caracterizaciones son casi ridículas. No tienen absolutamente nada ver, ni siquiera remotamente con las características físicas de los personajes. Buscemi, a pesar de sus cualidades, no logra hacer olvidar la interpretación que hizo Bob Hoskins del mismo personaje, Nikita Krushchev, en Enemigo a las puertas (2001). Quizás el que está más en su papel Jeffrey Tambor en su papel de Malenkov, acaso porque aparece poco en la trama. También es fácil reconocer a Rupert Friend (Homeland), como hijo de Stalin.

Si de lo que se trataba en esta película era de hacer reír, el tema elegido, una muerte, los incidentes que se produjeron en los funerales y la lucha por el poder, el tema es demasiado siniestro y sórdido para resultar el más adecuado (quizás hubiera sido más interesante centrarse en el episodio en el que Krushchev golpeó la mesa de las Naciones Unidas con su zapato, o sobre las botellas de vodka que Stalin regaló a Churchill (personaje de moda en curso de desmitificación cinematográfica en los últimos años) al iniciarse la Conferencia de Yalta que decidió el destino de Europa y que tuvo a un premier británico prácticamente fuera de juego en las reuniones (el otro interlocutor era Roosevelt, un viejales al que le quedaban pocas semanas de vida y tampoco se enteraba de gran cosa). Pero la muerte de Stalin, especialmente por el dolor que causó la muerte (por estampida) de un alto número de personas (acaso varios cientos), no parece el mejor lugar de referencia para una comedia.

Además, la película es inoportuna: aparece en un momento en el que da la sensación de que la Guerra Fría que ensombreció Europa entre 1948 y 1989, vuelve otra vez a planear, especialmente a raíz de los desencuentros entre Rusia y EEUU en Oriente Medio. Ahora, cuando se trata de establecer vínculos y puentes, especialmente entre Europa y Rusia, ahora, precisamente, aparece esta producción europea que tiende a todo lo contrario.


La película tiene momentos y calidades variables. El cuadro de actores es, desde luego, insuperable, aunque ninguno de ellos tenga el más mínimo parecido con los personajes que encarnan. Los diálogos son cáusticos, con algunos giros que, efectivamente, logran llevarnos a la sonrisa. ¿Lo peor de la película? La trampa que nos plantea: no es historia, es cine. Es decir, ficción. La base histórica está reducida –vale la pena no olvidarlo- a la mínima expresión.