El viernes 21 de septiembre de 2016, se estrenaba en Netflix la tercera temporada de Black Mirror. Los aficionados a esta serie la habían esperado ansiosamente durante casi cuatro años. El resultado fue que entre 20:00 y 23:00 horas el streaming se colapsó para recuperarse solamente al filo de la medianoche. A la hora de escribir estas líneas, cuando el sol del sábado despunta, algún adicto a esta serie, atiborrado de cafeína y/o taurina, debe estar paladeando los últimos episodios de la temporada.
Todo lo que se ha podido decir sobre las dos temporadas anteriores, queda revalidado en esta tercera que tiene, sin embargo, una característica que es de agradecer: en lugar de “temporadas” de tres episodios, la tercera ofrece el doble. Si los tres primeros episodios emitidos en el ya lejano 2011 sirvieron para engancharnos a esta serie, ahora, cuando se han emitido trece (dos temporadas de tres, un especial en la navidad del 2014 y una tercera temporada de seis entregas), la serie conserva la frescura de aquel inolvidable estreno en el que el Primer Ministro británico debía tener relaciones con un cerdo para evitar la ejecución de un miembro de la familia real secuestrada… ¿Cómo no iba a enganchar una serie que empieza así?
