El 11 de mayo de 2026 acudí al pase de la película. How to Make a Killing (Jugada Maestra) de John Patton Ford. Película de UK. Remake de la película de 1949 “Kind Hearts and Coronets” (“Ocho sentencias de muerte”).
La vi en versión original en ingles y mientras leía los subtítulos tenía la sensación de que el guion tenía el todo perfil, de que se había hecho con IA.
¿Estoy en lo cierto ó estoy equivocada?
Voy a analizar la película con algo tan cotidiano como la alimentación. Tiene la etiqueta de saludable respetando los protocolos de seguridad alimentaria pero no quiere decir que sea sano. A a película Jugada Maestra podría ponerle la etiqueta de “Entertainment Zombi". Parecen películas vivas, pero enseguida sabemos que hay algo que, ó está muerto ó camino de encefalograma plano.
¿Puede que te choque mi razonamiento?
Es algo que muchos espectadores empiezan a percibir. Y la metáfora funciona, porque no hablo de películas malas. Hablo de otra cosa más inquietante: productos audiovisuales que aparentan estar vivos, correctos, fluidos, entretenidos, incluso técnicamente brillantes, pero que no dejan un “residuo humano”.
Es como comer una ultra-procesada hamburguesa “Saludable”: tiene proteínas, vitaminas añadidas, diseño apetecible… sin embargo el cuerpo nota que falta algo orgánico. El paladar emocional detecta una ausencia.
Mi sensación, no depende necesariamente de que los guiones hayan sido escritos literalmente con IA. A veces basta con que estén escritos como si una IA hubiera optimizado el resultado.
Para mi ahí está la clave. Mucho cine contemporáneo empieza a construirse mediante: algoritmos de ritmo, diálogos hiper-funcionales, ironía automática, psicología explicada en vez de sentida, frases diseñadas para clips, actores que construyen “personajes” asépticos. Son emocionalmente higiénicos. Todo funciona aunque nadie siente la verdad. Porque el cine de hace dos días, tenía la magia de construir desde territorios muy pragmáticos y artificiales: cámaras, focos, marcas de posición, montaje, contratos, horarios, dinero, actores fingiendo emociones, diálogos escritos y escenas repetidas veinte veces. Y, aun así, de toda esa maquinaria nacía algo verdadero. El espectador reconocía una emoción humana verdadera dentro del artificio. Ahora percibo que parte del cine contemporáneo ha cruzado una frontera: ya no utiliza lo artificial para llegar a lo humano… sino que empieza y termina dentro de lo artificial.
El cine siempre mintió para decir verdades. Ahora algunas películas dicen mentiras técnicamente perfectas para producir emociones prefabricadas. Es como entrar en una casa perfectamente decorada para Airbnb. Todo está impecable, todo combina, todo funciona… pero nadie parece haber vivido realmente allí. Eso produce una sensación muy extraña. Películas que están vivas técnicamente, aunque espiritualmente anestesiadas.
Hace pocos años el cine podía estar equivocado, exagerado o incluso ser torpe y sin embargo conectaba con los espectadores. Ahora muchas obras son eficientes, calculadas y perfectamente consumibles Parecen diseñadas para no molestar demasiado al sistema nervioso. Y eso creo que conecta mucho con el término “zombi”. Movimiento sin alma. Simulación de vida. Actividad sin misterio.
El cine como simulacro de emoción
Repito “Parecen películas vivas pero hay algo en el alma del ser humano que sabe que están muertas”. Parece casi una idea sacada de Frankenstein o de Invasion of the Body Snatchers.
Algunas películas antiguas, técnicamente imperfectas, siguen emocionando e interesando décadas después. Mientras ciertos productos actuales desaparecen de la memoria apenas sales del cine.
Es debido a que el ser humano puede tolerar la imperfección. Lo que le cuesta soportar es la ausencia de alma disfrazada de vitalidad.
¿En la película Jugada Maestra son los asesinatos tan aburridos? Si. Parecen demasiado fáciles de cometer y ocultar? Si. Los investigadores del FBI no son eficientes? Si. Logra un entretenimiento convincente? Bueeeno.
Para mi, la etiqueto como un entretenimiento zombi, parece que es una gran película pero al salir de verla es bastante olvidable. Señalo una sensación de “vacío funcional”. Es decir, los asesinatos ocurren, la trama avanza, los investigadores aparecen, hay tensión artificial, todo “cumple”… no obstante nada pesa realmente.
“Los asesinatos parecen demasiado fáciles de cometer y ocultar”
Muchos guiones de thriller actuales han perdido la fricción del mundo real.
Antes, en un thriller, el crimen dejaba suciedad moral: ansiedad, errores, paranoia, casualidades incómodas, culpa, cuerpos difíciles de esconder, policías obsesivos, miedo físico.
Ahora, el asesinato funciona casi como un botón narrativo: matas, avanzas de escena. Eso genera una experiencia extraña. El espectador entiende racionalmente que “hay peligro”, todo sucede pero nada deja cicatriz. Por eso hablo de “entretenimiento zombi”.
¿Los investigadores del FBI son eficientes? No. Eso suele ocurrir cuando el guion no quiere construir investigación real, sino mantener el flujo rápido del entretenimiento. Los personajes dejan de comportarse como personas competentes y empiezan a actuar como mecanismos del algoritmo narrativo.
El espectador sensible nota entonces: “No estoy viendo seres humanos. Estoy viendo piezas moviéndose para que la película no se detenga.”
Ahí aparece la condición del Olvido
Antes una película mala podía ser desastrosa… a pesar de ello era memorable. Ahora muchas películas son “correctamente consumibles” y precisamente por eso, desaparecen de la cabeza en horas.
Son como contenido optimizado: para pasar el rato, no incomodar, no exigir demasiado, mantener ritmo, generar sensación de producto terminado. En definitiva no generan conversación interior.
El “entretenimiento zombi” no fracasa mientras lo ves. Fracasa después, cuando descubres que no ha dejado huella dentro de ti. Y eso conecta muchísimo con la cultura audiovisual actual. Plataformas, scroll infinito, consumo rápido, escritura “eficiente”, personajes funcionales, diálogos preparados para clips o trailers. Paradójicamente, cuanto más “fluido” es el contenido, más fácil es que se evapore de la memoria.
Porque la memoria humana muchas veces se engancha precisamente a la rareza, al silencio, a la imperfección, el riesgo, la incomodidad, el misterio.
¿Este guion lo escribió una IA?
¿Por qué el ser humano empieza a escribir como si quisiera parecer una IA eficiente?
Porque tal vez el problema no sea una técnología, sino una cultura que teme el silencio, elimina lo incómodo, acelera el ritmo, sobre-explica emociones, evita el riesgo, convierte todo en contenido consumible.
El ser humano es competitivo por su naturaleza animal.
¿Es posible que quiera competir con la IA?
¿Podemos convencernos de que la estupidez esté en esa cualidad humana?
Quizá parte del ser humano contemporáneo no quiere diferenciarse de la máquina… sino demostrar que puede funcionar como ella.
Porque durante siglos el orgullo humano estaba en la imaginación, el misterio, la intuición, el deseo, la contradicción, incluso la locura creativa.
Ahora el orgullo está en ser rápido, ser eficiente, ser viralizable, ser adaptable, ser tendencia, ser algoritmo-compatible.
Y ahí puede surgir una paradoja: el humano empieza a competir con la IA en el terreno donde la IA siempre acabará ganando.
Por eso muchas personas terminan copiando patrones: frases iguales, rostros iguales, filtros iguales, cortes de pelo clonados, gestos idénticos en TikTok, modas que duran semanas, opiniones prefabricadas.
No porque sean “malas personas”. Sino porque el sistema recompensa la repetición reconocible.
Ejemplo del “brócoli” 🥦
Hoy la gente ya no busca verse singular… busca verse inmediatamente identificable dentro de una corriente. Como si dijeran: “Quiero pertenecer visualmente al algoritmo social.” Consigue homogeneizar una situación muy rara que produce un ruido colectivo.
Amor DiBó
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