jueves, 6 de abril de 2017

Maravillosa familia de Tokio



La concepción japonesa del humor es muy diferente a la occidental, pero, al parecer la inestabilidad familiar es similar. Tal es la primera deducción que puede realizarse después de ver esta comedia japonesa sin complicaciones y con un elevado sentido del humor. La película, presentada en la última edición del festival de cine de Valladolid, en donde recibió buenas críticas, fue dirigida por el veterano Yôji Yamada y en el momento de escribir estas líneas se anuncia en Tokio el estreno de su segunda parte. 

El humor japonés parte de situaciones extremadamente simples, habituales en la vida cotidiana y que, aparentemente, no tienen nada de cómico. En un momento dado, ocurre la sorpresa y la comicidad se desata. A menudo se trata de una comicidad ácida. En la conclusión de este cine, las aguas vuelven a su cauce y los personajes reemprenden sus relaciones normales. Así es la comedia japonesa. 

Todas estas pautas están presentes en Maravillosa familia de Tokio: el protagonista es una pareja que están por celebrar sus bodas de oro como pareja. Llevan cincuenta años juntos y la pareja destila esa venerable felicidad que parece remontarse medio siglo. Tienen tres hijos y a la hora de los regalos, ella, sencillamente, se limita a contestar que quiere el divorcio. ¿Motivo? Simplemente alega que tira los calcetines y los deja del revés… obviamente se trata de un problema mucho más complejo de la que el desorden del marido es solamente la cresta del iceberg. A partir de aquí se desencadena la trama en clave de tragicomedia. La noticia, obviamente, supone una conmoción para los hijos. No siempre, el tener a tres generaciones bajo el mismo techo supone una bendición por mucho que los códigos sociales japoneses lo consideren el colmo de la excelencia.



El abuelo, pasa por las distintas fases que atraviesa todo aquel al que le han diagnosticado una grave enfermedad: negación, enfado, negociación, depresión, aceptación… En el curso de todo este periplo se producen malentendidos, desconfianzas, intervención de personajes grotescos, y todos los elementos presentes en cualquier comedia. Pero la película no termina aquí, sino con el retorno a la normalidad y el firme propósito de cambio. Veremos lo que la segunda parte de esta película anunciada para este año nos depara.

Las comedias no son el tipo de género que más cultive la cinematografía japonesa. Hasta no hace mucho, la diferencia de costumbres y tradiciones era un abismo insalvable para que pudiéramos apreciar el humor japonés. Éste, incluso en su nivel de simple astracanada (véase la serie Humor Amarillo de Takeshi Kitano) es completamente diferente al nuestro. Sin embargo, en esta película concluyen dos elementos que la hacen extremadamente próxima y, sobre todo, comprensible en Europa. De un lado, la globalización ha operado lo que unos consideran un “acercamiento” y otros una simple “pérdida de identidad”. Los problemas que deben afectar a las parejas han pasado a ser muy similares en todo el mundo. La diferencia estriba en la paciencia con la que se asumen. Es frecuente en Europa que una simple discusión acarre un divorcio, algo inusual en Japón, donde, es mucho más posible, que la acumulación de agravios durante cincuenta años, concluya con la fatal decisión de pedir a la otra parte que firme en divorcio.

Por, de otro lado, si en el cine japonés existe un maestro en la comedia, ese es Yôji Yamada. En su amplia filmografía figuran cuarenta y seis películas de la serie Tora-San, sobre la vida de un viajante de comercio que en cada episodio atraviesa situaciones tragicómicas. Yamada rodó desde 1969 estas películas a una velocidad de dos o tres por año hasta 1995 cuando falleció su protagonista. La característica principal de esta serie es que en cada entrega aparecía una protagonista femenina que era algún personaje popular del momento. En el curso de esta larga serie de largometrajes, Yamada desarrolló el fino humor que concentra en Maravillosa familia de Tokio.

El guión ha sido elaborado también por Yamada y las interpretaciones son correctas y saben transmitir el sentido del humor (ácido) que quiere transmitir. Cabe hacer particular mención a la comicidad que destila el actor que hace de abuelo, Isao Hashizum, quien borda su papel, especialmente cuando se encuentra reunido en el bar con sus amigos. Otro personaje que da mucho juego es un ridículo detective contratado por los hijos de la pareja para ver si el abuelo mantiene relaciones con la dueña del bar. 

Yamada tiene en estos momentos 85 años pero su cine y sus ideas se conservan absolutamente frescas y dinámicas. Seguirá filmando mientras le queden fuerzas y todo induce a pensar que, de la misma forma que en su juventud, emprendió la filmación de la larguísima serie Tora-San, ahora se centrará en las peripecias de esta familia que ya dejaron en 2013 buen recuerdo en la Seminci de Valladolid y que volvió a estar presente en la sección oficial de la pasada edición.


La película tiene la intrascendencia propia del género, pero también la belleza de los productos bien concluidos, realizados por artesanos poseedores de una pericia que solamente puede dar los años en el oficio, la veteranía y, sobre todo, una lucidez mental envidiable. Yamada tiene todo eso a una edad en la que muchos solo aspiran a la copa de bronce en una competición de petanca. Es bueno sonreír cada día un poco y esta película es una buena excusa para hacerlo. 
Publicar un comentario